ARTÍCULOS
Tomando la cultura por mano propia / Restituyendo el deseo expropiado
Cintia Berdaguer/
Juan Cruz Duarte
“...o bien se construye una máquina revolucionaria capaz de hacerse cargo del deseo y de los fenómenos del deseo, o bien el deseo seguirá siendo manipulado por las fuerzas de opresión y represión y terminará amenazando, incluso desde el interior, a las propias máquinas revolucionarias.”
Félix Guattari
“Pasó que algunas organizaciones sociales de la ciudad pensaban, desde hace mucho tiempo, que era importante recuperar una nueva idea de cultura, que incluyera, además del arte, toda creación y conocimiento social. Pensaban, además, que si esta cultura, así pensada, no era concebida como una herramienta de trasformación entonces que la hagan otros, pero que si era posible pensarla como herramienta para cambiar el mundo, entonces que si, que la queríamos hacer nosotros. Y resultó que se escribió un proyecto contando esto, con una propuesta concreta, la creación de un Centro Cultural con el nombre ´América Libre`, porque se creía en ideales de unidad de los pueblos latinoamericanos para la libertad de América, como soñaban Simón Bolivar, José Martí o el Che. La sorpresa fue que, a poco de caminar y hablar sobre esto, ya no eran dos o tres las organizaciones sociales que pensaban así, sino que eran ya diez o veinte, y entonces se entregó una carpetita muy linda que armaron compañeros que saben de diseño, que le hicieron al sueño del Centro Cultural un logo y todo. Entonces las organizaciones dijeron que si, que les parecía que estaba bueno, que había que hacerlo. Y a alguien se le ocurrió que, entonces, además de Centro Cultural, se le llamara ´casa del pueblo`, para que sea el hogar de todos estos grupos que coincidían en crear el Centro Cultural como herramienta de transformación. Y el sueño fue creciendo y se soñó además con un espacio de encuentro para que las organizaciones sociales coordinen sus prácticas, sus luchas, sus experiencias, sus sueños...”
“...Llegó un día en que dijimos basta de ensayar, vamos a estrenar la obra, y así lo hicimos. Y nos fuimos para XX de septiembre y San Martín, y nos encontramos al mediodía de un domingo, con carteles que decían que había que recuperar espacios públicos en desuso para crear Centros Culturales, y llevamos una gran bandera con un mural de la conquista española en dónde colón tiene la cara de Bush, para mostrar que el sometimiento de nuestro pueblo tiene más de 500 años. Y había una clonesa en zancos y muchos malabaristas, y muchos compañeros y compañeras con muchas expectativas. Se empezó a cantar y entonces alguien avisó que la puerta estaba abierta, que la encontraron así, que se había abierto, que la habían abierto, que nunca hubo candado, o que lo hubo y se quitó, en realidad qué importaba, porque la verdad era que estaba ya accesible para que el sueño entre corriendo por la puerta que se abría. Y el sueño corrió para adentro. Corrió y cantó. Y saltó. Y se abrazó. Y luego se juntó en una gran asamblea de la alegría en donde se decidieron los pasos a seguir.
Llamar a más amigos y organizaciones, a las que se había entregado la carpetita y a las que no, mandar un comunicado a los medios de comunicación, salir a hablar con los vecinos, llevarles los volantes y los lápices, contarles que un nuevo espacio para la cultura se abría en las ruinas que el estado despreciaba. Y la gente nos animó. Y los vecinos nos alentaron. Y más organizaciones fueron llegando. Y ya la asamblea era muy grande y ya decidimos ponernos manos a la obra y empezar a limpiar y ordenar. Y, mientras, se pensaba donde iría el teatro, y donde el cine, y donde las muestras de obras de arte. Y se limpió mucho, pero como éramos muchos se limpió rápido. Y seguimos discutiendo y trabajando, discutiendo y trabajando. Y en eso vino un burócrata a preguntar que qué hacíamos. Y contestamos que recuperábamos para la cultura algo que estaba abandonado por el estado. Y el burócrata dijo que eso era de un organismo estatal llamado ANSES, y se fue corriendo a meternos una denuncia por usurpación, que es lo que hace el poder cuando no sabe qué hacer, habla con los jueces para que nos metan procesos, causas penales o cárcel. Y nosotros explicamos que no estábamos usurpando, porque estábamos usando un lugar publico para fines públicos, que era tarea del estado que no estaba haciendo y que entonces para qué esperar a que lo hagan si no lo hacen, que lo hacemos nosotros y listo...”
Fragmentos del Resumen de la incipiente historia del Centro Cultural América Libre – Casa del Pueblo (Primeras líneas escritas con lápices artesanales)
Tomar la cultura por mano propia
Uno de los logros centrales de la cultura represora (hegemónica) es capturar el deseo y convertirlo en mandato, pero una de sus peores caras aparece cuando el deseo se convierte en deseo del mandato. Cuando lo propio, lo erógeno, lo creativo, es expropiado de manera masificante; genera la expectativa de que “desde afuera” y en aislado, nos llegará algo que “satisfaga” nuestro deseo. Pero desde afuera no llega nada parecido al deseo, al contrario, solo se nos proporcionan nuevos mandatos (consumistas).
El placer es expropiado por el mercado y es el mismo mercado quien, por ende, crea una estética propia, una nueva forma de arte de masas: el diseño (gráfico-publicitario, de muebles, de ropa, tecnológico, etc.) que poco a poco invade todos los campos.
Así, frente a un neoliberalismo que aspira a expandirse hacia los intersticios intimo-personales(o lo que fue llamado el “mundo interno”), lo necesario es que existan espacios “libres del mercado” y su captura.
Hablamos de crear una cultura que no se imponga desde arriba, sino que intente convencer desde abajo. No sólo fuera del Estado (con sus tendenciosas políticas “culturales”), sino fuera del mercado; donde no sea el dinero, sino el deseo colectivo de emanciparnos por propia mano el que rija nuestra cotidianeidad, nuestras formas de relacionarnos y de luchar.
La cultura desde arriba, es creadora de masa artificial. Ésta se caracteriza por la existencia de una multiplicidad aparente, diferenciándose de una masa natural, múltiple (espontánea o revolucionaria) que permite y promueve los cuestionamientos y la descarga pulsional directa y que, siendo revolucionaria, se sostiene en un acto de creación.
La cultura desde abajo promueve colectivos autogestionarios, desalienantes; aunque teniendo en cuenta que “uno puede alienarse hasta con la teoría de la alienación” no son pocos los desafíos para la practica cotidiana creadora y emancipatoria.
Geotopogonía de la liberación
“Un compañero llegó un día con un papel dónde decía que el 1º Congreso Nacional de Cultura (2006), realizado en nuestra ciudad hacía pocos días, organizado por el propio gobierno, había declarado en sus conclusiones que había que “recuperar espacios públicos en desuso para promover la creación de Centros Culturales que preserven el patrimonio histórico y promuevan la participación socio-cultural”. Ahí dijimos que si el propio gobierno lo dice por qué no hacerlo. Que sabemos que el gobierno dice y no hace, pero que nosotros sí somos capaces de hacer lo que decimos y que si el pez por la boca muere, entonces aprovechemos las conclusiones del congreso y adelante.”
Y descubrimos que el espacio no era algo menor, que el terreno en el que los cuerpos se encuentran y cooperan no es un espacio ideal, abstracto, pasible de ser postulado, matematizado. Los espacios son concretos y vivénciales: existen en cuanto son “recortados” por los grupos y colectivos que los habitan/significan, en un proceso donde no faltan las discontinuidades. Éstas se producen al compás de la aparición de diversas lineas de fuga durante el despliegue mismo de las actividades que encarnan el proyecto.
Líneas de fuga que denotan la crítica a una cultura que no se contenta con prohibir, sino que manda a desear y a gozar al modo del mercado, con toda la carga de aislamiento y compulsión , que ello conlleva.
Y sucedió que al principio nos parecía que el lugar era lo de menos, que si no nos dejaban ahí, nos iríamos a otro lugar, que lo importante era el acontecimiento, lo que la recuperación de ese espacio público simbolizaba. Hasta que 2 semanas después de entrar empezamos a estar cada vez más seguras y seguros de que de este lugar no nos íbamos, que sí era importante el terreno: estábamos frente a la plaza Rocha lugar de concentración histórico del campo popular marplatense para dar inicio a marchas y manifestaciones, la gente de la Feria de Pulgas, la de las Huertas. Todo eso ya funcionaba como un conjunto de espacios de vinculación y referencialidad al interior del barrio. Justo a las puertas del nuevo centro cultural, “invitándonos” a integrarnos.
Nos dimos cuenta de que estábamos no sólo recuperando un lugar sino creando un espacio para la cultura, un espacio comunitario que nos permitiera propiciar otras relaciones sociales, distintas de las espereotipadas por los mandatos.
Que en la brecha abierta por la cultura represora entre lo legal y lo legítimo, la recuperación de espacios en desuso para viviendas, fábricas, centros culturales cobra todo el poder del cuestionamiento a la propiedad privada. Privada del colectivo, de la multitud.
Este, como otros espacios emancipatorios son lugares propicios para el desarrollo de unas subjetividades diferentes a las estandarizadas; que intenta crear y recrear lazos entre personas, movimientos sociales y organizaciones populares.
Subjetividades emergentes
Si bien, en el terreno de la subjetividad, la contradicción fundante se da entre deseo y prohibición de deseo, para la cultura represora, lo que no está prohibido, resulta obligatorio
Entonces ya no se trata sólo de reaccionar contra lo que nos prohíben (“prohibido prohibir” grafiteaban en mayo del ´68), sino de ver qué nos obligan a desear y de qué manera, situación en la que el superyó es el protagonista principal: El mandato superyoico se caracteriza por mandar gozar y por fortalecer el deseo de ese mandato.
El deseo de cumplir con los mandatos transmitidos por instituciones y medios de comunicación del sistema, en una derivación social del “Síndrome de Estocolmo”: Un amor al opresor que constriñe la dimensión deseante, sustento de toda autonomía subjetiva.
Es por esto que decimos que “nuestra forma de resistir es creando...”, es dándole rienda suelta al deseo colectivo y colectivizando los deseos propios.
Se trata de revolucionar la propia subjetividad y por lo tanto los lugares privilegiados de cultivo de pulsión de muerte, hegemonizados por la lógica superyoica, introyeccion de la cultura represora.
Tomar el deseo por mano propia y no dejar que sea capturado desde afuera, como paso subjetivo necesario para hacer una cultura por mano propia
Revolucionarse, en la búsqueda del propio deseo y revolucionar al mismo tiempo al compañero(o al grupo o al colectivo); participando en una gran danza conjunta, pero no uniforme, donde frecuentemente se da, a nivel grupal, el reencuentro entre lo útil y lo placentero.
De esta manera instituimos una primera contra-cultura represora, una cultura que pretende desterrar los “valores” neoliberales e individualistas para construir una cultura colectiva, libertaria, desde abajo...
Consideramos entonces que cada posibilidad de abrir curso al deseo colectivo es una batalla contra el sistema capitalista y su apoyo: la cultura represora. Y dado que además implica a nivel individual la ruptura de las tendencias al aislamiento y a la inhibición para la acción, facilita la construcción de subjetividades autónomas, novedosas; creadoras de practicas emergentes.